Templo cívico. México: su pasado, presente y futuro (Vigésima quinta parte)


 
Cartaz Lunes, 13 Noviembre, 2017 12:00 PM

No alcanzó a recibirse de abogado porque en octubre de 1854, Antonio López de Santa Anna, en su undécimo y peor periodo presidencial, convocó a un plebiscito para que todos los ciudadanos declararan su opinión si querían o no su gestión. El votante debía escribir su nombre en un libro cuyas páginas estaban encabezadas con un “Sí” y un “No”. Naturalmente se sabía que la negativa se castigaba con la cárcel. Todos los maestros, empleados y alumnos recibieron orden del director de votar afirmativamente. Porfirio, una vez en la casilla, le preguntaron si tenía miedo de expresar su opinión, éste se encendió, tomó la pluma y ante los desorbitados ojos de los presentes, escribió en la columna de la negativa el nombre de Juan Álvarez, el caudillo de la revuelta que estaba haciendo tambalear al régimen de Santa Anna.

La sorpresa que produjo a los funcionarios santanistas el atrevimiento de Porfirio determinó que horas más tarde, dieran orden de aprenderlo, cuando Porfirio ya había huido a la Mixteca, donde se incorporó a la gavilla que encabezaba Francisco Herrera. En este grupo, Porfirio tomó parte en sus primeros combates; una vez derrotado Santa Anna, Porfirio obtuvo el puesto de jefe político del distrito oaxaqueño de Ixtlán.

Por esas fechas, 1855, Benito Juárez llegó a Oaxaca como gobernador. El triunfo de los liberales tenía fuera de sí a los militares del ejército de inclinación conservadora. Para desalentar sublevaciones, Juárez y otros gobernadores establecieron academias estatales donde la guardia nacional, es decir, las milicias sujetas al mando de los gobernadores, recibieron adiestramiento especial para ponerla en condiciones de hacer frente a cualquier sublevación de los militares profesionales.

Durante los 34 años que Porfirio Díaz detentó el poder supremo, predominó en él la ambición personal para enriquecerse y satisfacer su ego de vanidad y grandeza ante todos los demás. Era el hombre más rico de México, pero mantenía sus negocios tan ocultos que difícilmente se podría calcular la cuantía de sus bienes.

Al casarse con Carmelita, Díaz astutamente conseguía tres objetivos: atenuar las relaciones con los amigos de Lerdo de Tejada, por ser padrino de ella; además de conseguir el apoyo de su suegro; así como asegurar la colaboración y el apoyo de la Iglesia.

Cualquier deseo o impulso que tenía para lograr el bienestar y profeso de su pueblo, era oscurecido y borrado por sus ambiciones personales y la satisfacción por recibir alabanzas a su persona, las cuales premiaba a sus amigos y socios norteamericanos y europeos con concesiones, entrega de bienes naturales y riquezas de la nación, así como la explotación de mano de obra.

Debido a la pobreza, corrupción e injusticias cometidas por los gobiernos de Díaz y la camarilla de amigos encumbrados en las altas esferas gubernamentales, el pueblo mostraba cada vez más su reprobación hacia ellos.

En 1908, un periodista de la revista Pearson’s, James Creelman, solicitó y obtuvo del dictador, una histórica entrevista en la que Díaz declaró sorpresivamente “que el pueblo mexicano ya estaba preparado para ejercer la democracia”, su presidente en función permitiría el surgimiento de partidos políticos de oposición y entregaría el poder a quien el pueblo eligiera libremente en las elecciones de 1910.

Pero apenas publicada la entrevista, cuando meditó lo que había dicho, Díaz comprendió que le sería difícil dejar el poder, por lo que quiso corregir su equivocación y convocó a sus incondicionales para que repitieran la farsa política de exigirle, por el bien de la patria, que permanecieran en la presidencia. Solo que, mientras llegaba el momento de lanzar su candidatura a la reelección, Díaz había declarado que vería bien el surgimiento de partidos políticos, pero cuando estos se daban, cambió repentinamente de actitud y trató de que impedirlo, mientras que los ya existentes, por medio de la violencia y maniobras oscuras, trató de suprimirlos.

Empezaron a aparecer los nuevos partidos. El primero en formarse fue el “Partido Democrático” que integraban hombres rechazados por el “carro completo” de los científicos que proponían leves reformas a la ley electoral. Este partido no lanzaba candidato presidencial, pero todo mundo sabía que éste era del viejo dictador. Nunca fue importante y sin partidarios en gran número. Puede considerársele el primer partido de falsa oposición, o “palero” que hubo en México.

Continuará.

 

Guillermo Zavala
Tijuana, B.C.

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