Mara y las mujeres

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Sortilegioz Lunes, 25 Septiembre, 2017 12:00 PM

En los siguientes meses, la Universidad Autónoma de Baja California (UABC) publicará la última obra del periodista Sergio Haro Cordero, fallecido el 30 de mayo de 2017 en Mexicali y que fuera miembro del Consejo Editorial de ZETA. Sensible por naturaleza y harto comprometido con su sociedad, Sergio realizó periodismo de investigación para destacar las causas sociales, los movimientos populares, los fenómenos delictivos, migratorios y de apoyo a los sectores marginados de nuestra sociedad.

Hace más de un año, haciendo una investigación periodística sobre unas mujeres asesinadas en la Capital de Baja California, su olfato para detectar la necesidad, la represión y la injusticia, le dijo que aquel no era un hecho aislado. Profundizó en el tema y encontró que muchas mujeres habían sido asesinadas de manera atroz además, en los últimos meses. En algunos casos había sospechosos, en pocos detenidos y en la mayoría impunidad.

El periodista hurgó y hurgó, localizó expedientes, entrevistó a familiares y amigos, visitó las escenas de los crímenes, reprodujo en texto las condiciones de los asesinatos y concluyó que se trataba de una ola de feminicidios. Mujeres que habían sido asesinadas por su condición de mujer exclusivamente. Algunas prostitutas, otras mujeres trabajadoras de clase baja. Las unía no solo la muerte, sino la relación con un hombre violento aparentando no serlo, escondido en una sociedad productiva en muchos de los casos.

También explora la posibilidad que se trate, en ciertas situaciones, de asesinos comunes. Un par de hombres que gozan de impunidad y ejercen la violencia contra las mujeres, a veces hasta matarlas.

El libro de los feminicidios en Mexicali, Sergio lo tituló “La Vida en Rosa”, y cuenta las historias de estas mujeres para no olvidarlas, para no dejar sus asesinatos impunes. Hasta su último aliento de vida, Haro se comprometió con su sociedad para mejorar las condiciones de la misma y apelar a la dignidad de las personas.

Hoy día, a poco tiempo que el libro de Sergio aparezca en librerías y otros puntos de venta, el tema de los feminicidios cobra relevancia en el país, a partir del asesinato de la joven estudiante de universidad, Mara Castilla, en Cholula, Puebla.

De 19 años, Mara vivía su vida acorde a su edad. Un día salió a festejar con sus amigos el inicio a clases y en la madrugada ordenó el servicio de transporte público privado Cabify, y ya no se supo más de ella hasta encontrar su cuerpo mancillado, sin vida, envuelto en una sábana de motel. Fue estrangulada.

Una serie de eventos desafortunados fueron el precedente del crimen de Mara Castilla. La mató el conductor  de una empresa que evidentemente no aplicó con rigor sus pruebas de seguridad y confianza, la mató un sistema de administración de justicia y de gobierno que no funciona, al haber el gobierno de Puebla entregado al chofer asesino Ricardo Alexis, una carta de no antecedentes penales cuando había sido detenido e investigado por huachicolero, como se conoce a los saqueadores de gasolina poblanos. La mató una sociedad que la ha juzgado por festejar hasta las cinco de la mañana con sus amigos y retirarse a su hogar en un servicio de transporte privado.

La sociedad, mucha solidaria y mucha agresiva, se volcaron sobre la empresa de transporte privado Cabify ante un mal manejo de crisis por parte de la misma, no se sabe aún, pues en medio de las manifestaciones más arduas por el feminicidio de Mara, ocurrió el terremoto en la Ciudad de México, si la compañía ha indemnizado a la familia, si ha aportado mayor información para el proceso judicial contra el chofer asesino, si ha cambiado sus sistemas de contratación y las pruebas que hace a quienes prestan su servicio.

Otra parte de la sociedad se fue contra el gobierno, el mismo que tardó ocho días en encontrar a Mara y no horas para rescatarla con vida, cuando la hermana dio el reporte de su desaparición a 48 minutos de que la joven abordara el auto de su asesino.

A Mara, como a otras cientos de mujeres en México, la mató la impunidad que en este país hay para los asesinos de cualquier nivel o sector. Sean homicidas del narcotráfico, del crimen organizado, pasionales, por venganza, o por oportunidad ante el conocimiento de un sistema que no investiga, que no castiga, que no encarcela a los matones.

Un reporte de SinEmbargo.MX del 1 de enero al 17 de septiembre de 2017, refiere que en México han sucedido mil 297 feminicidios. Mientras el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio informa que de enero a junio registran 647 feminicidios, de los cuales únicamente 204 han sido investigados.

La impunidad que de entrada provee a los criminales la procuración de justicia mexicana al no contar (ni en el ámbito federal ni en el estatal) con ministerios públicos capacitados, profesionales, con herramientas científicas y además suficientes elementos, es aprovechada por el asesino para cometer su delito. El sistema político le pone todos los elementos: una procuración de justicia ineficaz, ministerios públicos incapaces, una administración de la justicia muy laxa, una sociedad hostigadora y la ausencia por razones de pobreza e inseguridad, por decir lo menos, de un tejido social.

El asesino en México lo es porque puede. Porque sabe que no será investigado ni aprehendido, menos aún juzgado, porque en el peor de los casos, con dinero o influencias compra impunidad y complicidad oficial. Ahí están los violadores de Daphne en Veracruz, un caso que lleva más de dos años en la impunidad. O los asesinos de las muertas de Juárez, más de 700 féminas violadas, torturadas, desmembradas, asesinadas y enterradas en el desierto en el último lustro de los noventa y aun entrado el milenio; crímenes que a pesar que fueron investigados en el ámbito internacional, local, nacional y que inspiraron documentales, películas y textos, continúan en la impunidad.

El feminicidio es un delito que ocurre cada vez con mayor frecuencia en México, que enciende los ánimos, que provoca que se vuelva a victimizar a las muertas, que se exija justicia por ellas, y que después… se olviden.

A Mara la mató el chofer Ricardo Alexis, la mató un gobierno ineficiente, una empresa que se equivocó, una sociedad permisiva y acusadora. La mató la impunidad que en México se da a los homicidas de mujeres, de hombres, de niños y ancianos.

El feminicidio es cada vez más frecuente. Nos enteramos y nos enardecemos momentáneamente, pero luego se olvida la injusticia ante una tragedia de otra dimensión. El hecho atroz pasa al archivo hasta en tanto no ocurra el siguiente, o que aparezcan personas sensibles como Sergio Haro y nos dejen obras que nos refieran con crudeza, determinación y realidad, lo que queda tras la muerte de una mujer por el simple hecho de ser mujer.

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