Iñárritu y la realidad virtual

Fotos: Internet/Viven una experiencia única
 
Espectáculoz Lunes, 11 Septiembre, 2017 12:00 PM

Hacer que el visitante viva “la experiencia directa de caminar con los pies de la persona inmigrante, ponerse en su piel y llegar hasta su corazón”, es el objetivo de “Carne y Arena”, instalación sensorial del cineasta como parte del Proyecto Hyundai: Arte + Tecnología en LACMA, su sede del 2 de julio al 12 de noviembre

Impotencia, angustia e incertidumbre, son parte de las sensaciones que uno experimenta en los seis minutos que dura el cortometraje de realidad virtual “Carne y Arena”, instalación del cineasta Alejandro González Iñárritu que actualmente se exhibe en el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles (LACMA, por sus siglas en inglés) como un acercamiento a la crudeza que viven los inmigrantes en el cruce de la frontera México-Estados Unidos.

Un cuarto completamente negro en el que solo resalta en letras blancas la descripción del proyecto, es lo único que separa al visitante de “Carne y Arena” de un estremecimiento que, al exponerse al uso de realidad virtual, aumenta en relación al avance del recorrido donde los límites de la ficción se borrarán para hacerlo sentir tan vulnerable como el grupo de personas al que verá intentando cruzar el desierto de Arizona.

Pero antes de emular ese trajín, sin saberlo entrará a una segunda habitación que replica un freezer como el que los agentes de migración usan para concentrar a quienes logran detener. Allí será donde deba despojarse de todas sus pertenencias, incluido el calzado y calcetines, para sentir lo gélido del lugar y un ambiente cercano a estar conviviendo con los muertos, pues su única compañía, además de unas bancas metálicas a punto congelante, son decenas de zapatos que realmente pertenecieron a gente que hizo el recorrido en busca de mejores oportunidades de vida.

Deteriorados por el uso y llenos de arena, guaraches, tenis, sandalias, botas, e incluso Crocs de bebé, se convierten en la única compañía de uno, en la espera de escuchar una alarma que indica se puede pasar a un tercer cuarto, aunque para ello pasan varios minutos, haciendo que la ansiedad e incertidumbre se sumen a las emociones de haber leído que esos artículos apenas son una parte de lo recabado por siete años en el desierto cuya temperatura ha rebasado los 50 grados centígrados y carga con más de tres mil muertes en ese periodo de tiempo.

Los autores de “Carne y Arena”

Un breve contacto con dos personas de staff para saber qué se puede hacer y que no, durante la visualización el video con tecnología de realidad virtual, adicional a recibir de ellos la instrucción del uso del visor y acomodo de una mochila con algunas libras de peso, lo preparan a uno para estar nuevamente por cuenta propia. Sin embargo, esta vez el espacio es más grande y está repleto de arena, librando la oscuridad solo por una franja led de luz roja.

Desplazándose tanto como uno quiera, a partir de lo que va viendo y con el respectivo aviso del personal si se está cerca de los límites de la habitación, la libertad que se tiene para apreciar el material depende de cada usuario, pero sobra decir que a pesar de ir mentalizado a que no es algo físicamente tangible, el detalle de fotografía hecho por Emmanuel “El Chivo” Lubezki -que colma en la perfección- y la narrativa harán difícil definir si uno quiere ser un verdadero espectador de lo que pasa o se involucra en medio de la acción.

Si es el último caso, el visitante puede estar frente a las quejas de dolor de una mujer que tiene una lesión en el pie, al grado de sangrarle y que solo sigue avanzando por el desierto porque otra la ayuda, o ver cómo un hombre resguarda contra su pecho a un bebé que no para de llorar porque tiene hambre y escuchar cómo su pollero les grita que no se detengan más en la búsqueda de alguien que posiblemente ya está muerto, solo por mencionar algunos de los casos que provocan un verdadero encontronazo de emociones que, en el mejor de los escenarios, uno podrá neutralizar en los minutos siguientes.

Aunque la realidad es que ese tan solo es el inicio del trayecto y uno podrá hacer poco para no sentirse en conflicto al estar imposibilitado de cambiar el rumbo de lo que transcurre en el cortometraje, cuya percepción se siente tan vívida al complementarse con efectos de sonido y la ejecución de un par de ventiladores, que lo normal será sentirse agitado y en distancia a lo que realmente hay detrás de ese par de lentes.

Por ello, uno de los puntos importantes antes de iniciar, es firmar un par de hojas que deslindan a los organizadores de las posibles consecuencias que experimentará el usuario en el recorrido, como lo son mareos, ansiedad, vértigo, etcétera.

Sin dejar de lado que, si la persona es muy receptiva, quizá tarde más en volver a la realidad del cuarto en el que está y pueda procesar todo hasta que esté en una cuarta habitación en la que recuperará sus cosas antes de salir y dar con un pasillo donde podrá ver el rostro de los diez protagonistas del cortometraje y leer detalles de lo que los motivó a cruzar la frontera, las dificultades que enfrentaron y cómo cambió su vida desde entonces.

“Los actores que participan en este trabajo son migrantes reales que decidieron compartir su historia personal. Trabajar con tecnología de realidad virtual permite que el espectador se vuelva personaje de la instalación. Después de vivir la experiencia resulta imposible no empatizar con los dolores y fatigas de la migración”, explicó Alejandro González Iñárritu tras estrenar la exhibición sensorial en el Festival de Cannes y anunciar que también llegaría al Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la Ciudad de México, así como a Milán y Los Ángeles, donde actualmente se encuentra y tiene todos sus horarios vendidos de aquí al 12 de noviembre, fecha en que concluye su proyección en el LACMA.

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