Billete mata acuerdo

Dibujo: Archivo
 
Dobleplana Lunes, 13 Febrero, 2017 12:00 PM

Sus padres vivían en Tijuana. Fraccionamiento Las Palmas para más señas. Ahí estaban tranquilos desde hace años. El rumbo siempre fue apacible. Pero en esos fines de los noventas la inquietud andaba por las calles. De repente balaceras. Y en ocasiones ejecuciones con ametralladora: Las víctimas siempre jóvenes. Conocidos. De familias asentadas cerca o en fraccionamientos vecinos. Aparte rondaban por allí las noticias de otras desventuras. En medio de todo eso cierta noche la familia se estremeció. No tengo preciso si fue en agosto o septiembre de 1993. Pero si el hecho: Muchos agentes de la entonces Policía Judicial Federal bajaron de vehículos. Abrieron la puerta y entraron violentamente. Todos con ametralladoras. Algunos encapuchados. Y los que no, con lentes negros como si fueran a ver un eclipse a esas horas. Gritaban. Desaforados. Mandones. Los padres de Evangelina Casillas debieron oír. “¡Háganse a un lado!” “¡Procuraduría General de la República!” “¡Este es un cateo!”. Me imagino cómo los habitantes se quedaron asustados, engarrotados. A lo mejor se fueron a refugiar en alguna recámara o rincón de la casa. Desde allí debieron ver el intenso movimiento.

Los policías buscaban algo. Buscaban a alguien. Nunca dijeron qué ni a quién. Abrieron cajones de muebles. Esculcaron por todas partes. Clósets. Entraron a recámaras. Ahora sí que se metieron hasta la cocina. Hicieron gran barullo. Indudablemente asustaron a los habitantes. Me imagino: No tenían idea de aquella invasión. Lo menos que un inocente piensa en esos momentos: “Me van a matar” o “Nos van a encarcelar”. “A lo mejor nos torturan”. En esos momentos todo cabe pensar. Pero hasta donde me enteré los habitantes ni del teléfono se acordaron para pedir amparo. Tal vez después que pasó todo el alboroto. Total. Los policías no encontraron nada. Así como llegaron sin avisar no dijeron “adiós” o “perdone las molestias”. Eso sí. Dejaron un tiradero. Todo revuelto. Peor que si hubiera entrado un ratero. Seguramente escucharon la partida de los autos. Tal vez los vecinos también estaban asustados con la bulla. En menos de un minuto volvió el silencio. Y seguramente el alivio al matrimonio.

Evangelina Casillas es la hija de aquel matrimonio y era la esposa de Ramón Arellano Félix. Tantos policías federales llegaron a casa de los padres buscando al yerno. Violentando las reglas escritas. Pero todo mundo sabía. Los dueños de la casa no tenían nada que ver con aquellas chuecuras del alebrestado Ramón. Desgraciadamente la Procuraduría General de la República no investigó. De haberlo hecho seguramente no realizan el allanamiento. Pero me imagino. Alguien les dijo y no comprobaron. Por eso se lanzaron buscando a Ramón para atraparlo. Entonces la orden del Presidente de la República era indiscutible.

Para entonces ya estaban convencidos Carlos Salinas de Gortari, el Procurador General de la República, Doctor Jorge Carpizo, y demás jefes policíacos: Los pistoleros arellanescos encabezados por Ramón mataron al Cardenal Juan Jesús Posadas y Ocampo en Guadalajara. Sostenían y no cambiaron al dejar el poder: Los sicarios se confundieron. Creyeron que el auto no llevaba al religioso sino al narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera. No esperaron para identificar a la persona en el asiento delantero contrario al chofer. Nada más abrieron la portezuela. Dispararon en corto. Tirotearon a don Juan Jesús. Allí murió con su chofer. También los gobernícolas tenían confirmado. Luego de confundir y asesinar al Cardenal viajaron de Guadalajara a Tijuana en Aeroméxico. Inmediatamente se pasaron a Estados Unidos. Benjamín decidió hacerse acompañar de dos jóvenes tijuanenses. No por buenos pistoleros. Hablaban muy bien inglés y conocían bien. Renta de autos, hoteles, líneas aéreas, restaurantes, todo. Así anduvieron de un lugar a otro. Dos semanas. Ramón no. Se quedó en algún lugar de San Diego. Seguramente resguardado por los perversos sicarios del Barrio Logan.

Entonces sucedió lo interesante. Ramón decidió irse a Estados Unidos con todo y familia. Indudablemente se enteró o le dijeron. Estaría más seguro. Y claro: Así evitaría a los federales mexicanos persiguiéndole o metiendo las narices en familia. Un informante me reveló hace varias semanas: Se instaló en Poway. Una pequeña Ciudad. Bonita. Con todas las comodidades. Entonces no más de 45 mil habitantes. Y según he consultado ni siquiera llegaba a las 20 mil familias. Está en un punto alejado del ajetreo por el tráfico costero y fronterizo. Aislado de grandes ciudades. Mucho aire puro. Tranquilidad. Cuando mucho a una hora y 15 minutos de la garita internacional para pasar a Tijuana. Fácil de llegar. Tres autopistas y ya: 163 y 15 y 805 ó 5.

Hay algo significativo en todo esto. Desde 1993 hasta 2002 las policías del condado, estatal y varias federales norteamericanas, curiosamente nunca se dieron cuenta del cambio y estancia de Ramón Arellano Félix. Uno de los narcotraficantes más buscados por el Gobierno de Estados Unidos. Allí vivió sin problemas. Cero angustias. Ni siquiera la disimuló con algún empleo. Nada de eso.

Para poder vivir como él lo hizo en Estados Unidos se necesita un permiso de Migración. Comprobar solvencia para residir y no ser una carga para el Gobierno norteamericano. Normalmente la policía del condado y los investigadores se informan de quién y cómo están viviendo. Inmediatamente descubren a una persona si no trabaja. Más si ocupa una casa buena, tiene excelentes autos y gasta mucho. Pero aquí es curioso: Ramón nunca fue molestado. Y más todavía. Cruzó a Tijuana y regresó a Poway cuantas veces quiso. Nadie lo molestó al presentar su pasaporte. Algunas veces lo hizo motivado por el narcotráfico y otras seguramente atendiendo cuestiones personales. Todavía no me explico cómo pasó tantas veces. Y lo más irónico. En cada garita que utilizó había un aviso enlaminado con su foto. Se ofrecían cinco millones de dólares a quien informara o dijera dónde estaba. Ni así.

Comprobé que el día 2 de marzo de 2002 Ramón salió de su casa en Poway. Pasó a Tijuana. Utilizó Aeroméxico. Llegó a Mazatlán. Le dijeron: “Allí estará ‘El Mayo’ Zambada” y decidió ir a matarlo. Pero la tragedia se le atravesó. Un policía le marcó al auto al Volkswagen donde viajaba. Envalentonado se bajó. Mostró una credencial de la PGR. Para eso extendió la mano izquierda. En la derecha llevaba la pistola bajo la espalda. Se acercó al agente y le disparó. Alcanzó a reaccionar el oficial y cayendo también soltó un balazo. Los dos fueron mortales y allí quedaron.

La viuda decidió abandonar Poway. Se fue a Santa Mónica. A un paso de Beverly Hills. Cerca de allí vivía la demás parentela. Cierta persona me informó: El 6 de mayo de 2003 la detuvieron. Una mañana Evangelina iba con sus niños a la escuela. Fue detenida por agentes del escuadrón anti-narcóticos DEA (Drug Enforcement Administration). También otros de Migración y asuntos fiscales. Llevada al Centro de Detención para Indocumentados en El Centro, California. Encarcelada. A unos 250 kilómetros. Cerca de la frontera con Mexicali. Interrogada durante varios días. Un fiscal federal le propuso convertirse en testigo protegido. Participó un agente que recibió a Everardo “Kitty” Páez (ahora amparado por el mismo programa). Evidentemente le estaban pidiendo a Evangelina información de los Arellano. Pero la señora se negó. Aparte aparecieron abogados de mucho prestigio contratados en Los Ángeles, California. Los mejores. De esos que cobran 750 dólares la hora para arriba. Lograron su libertad. No tiene antecedes o cargos pendientes. Ni una uña metida en los negocios de su marido en vida.

No acostumbro mencionar a los familiares de mafiosos. Pero tanto el allanamiento del 93 como la detención en 2003 se convirtieron en hechos oficiales. Del primero hubo confirmación en su tiempo de la PGR. Sobre la captura en Santa Mónica un funcionario de la DEA me dijo que fueron ciertos los hechos.

Recuerdo en 1998 al señor General de División D.E.M. Rigoberto Castillejos Adriano. Era Comandante de la II Región Militar con sede en Mexicali. Los reporteros le rodearon para preguntarle: “¿Dónde viven los Arellano?”. El destacado militar contestó rápidamente: “En Estados Unidos. No están en México. Si así fuera ya les hubiéramos detenido”. Las palabras del General y los hechos confirman que tan famosos hermanos han vivido y viven en suelo estadounidense. Lo curioso fue la detención de Evangelina y no a los verdaderos mafiosos. Ella nunca ha tenido nada que ver. Por eso ahora cuando se reunieron los señores procuradores de México y Estados Unidos dijeron: Cooperación mutua para capturar a los narcotraficantes. Muy solemnes y toda la cosa. Hasta parecieron la mera verdad. Mi opinión muy sincera. Tan están comprados por el narcotráfico los policías norteamericanos como los mexicanos. Lo mismo van de Tijuana a California, que de California a Tijuana, Toluca, Zapopan y pasando días en lujosos condominios de Santa Fe defeña. Nadie los molesta. Así de nada valen los acuerdos entre procuradores. Sigue contando es el billete mafioso.

 

Tomado de la colección Dobleplana de Jesús Blancornelas, publicado el 21 de octubre de 2005.

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