Muerte en vano


 
Lunes, 25 Enero, 2016 08:00 PM

Nunca había llorado tanto. El 26 de diciembre empezamos el día con una noticia terrible: el mejor amigo de mi hijo se había estrellado en su automóvil y estaba en el hospital general en estado de coma. Siguieron tres días de preocupación, de ligeras esperanzas, de un anuncio precipitado de muerte, que no fue real, luego de ciertas posibilidades y después llegó la peor confirmación que jamás hubiéramos querido tener: Robert, aún con toda la fuerza de su juventud y a pesar de todas nuestras oraciones, finalmente no había podido superar la gravedad de sus lesiones y había muerto. Al día siguiente, fuimos al velorio: prácticamente todos los jóvenes del fraccionamiento Playas de Tijuana estaban allí, además de muchos de sus padres y algunos ex profesores de las escuelas donde el muchacho había estudiado. Pero si en la funeraria había dolor y llanto, no nos esperábamos lo del día siguiente, cuando en el servicio religioso de cuerpo presente, tras de las etapas propias de una ceremonia de ese carácter, se dijo que los amigos más cercanos de Robert querían expresar algunas palabras, lo cual no nos tomó del todo por sorpresa, pero sí lo que siguió a continuación, cuando cada uno de ellos, amigas y amigos entrañables, nos hicieron vivir los momentos más emotivos que jamás hubiéramos imaginado; pensamientos hermosos, llenos de amor, de espontaneidad, de dolor, de hermanamiento con alguien con quien si bien no tenían lazos de sangre sí los tenían de la amistad más profunda que se pudiera sentir. Fue algo muy triste y doloroso, pero también nos sentimos privilegiados de presenciar una vivencia tan única, tan especial, tan inolvidable. Cuando de alguna manera nos sentíamos medianamente reconfortados por la alegría espiritual que como rayos de luz entre negros nubarrones habían dejado traslucir los mensajes de los muchachos y los cánticos y pensamientos religiosos, así como las palabras de la madre de Robert, que ya estaba mucho más tranquila que la noche anterior y de alguna manera se iniciaba el bálsamo sentimental y el proceso de duelo, quisieron hacer uso de la voz también los hermanos consanguíneos de Robert, los tres muy jóvenes, dos de ellos casi unos niños…. Y el dique de las lágrimas de todo el recinto se volvió a caer, como si en una presa llena a reventar la cortina se hubiera desmoronado de golpe por la incontenible presión del agua clamando enérgicamente su curso natural, terminando el servicio religioso en un gran y desgarrador llanto colectivo, a la vez que los muchachos, con los ojos enrojecidos y convertidos en un manantial inagotable, subían a sus hombros el ataúd para llevarlo de nuevo a la carroza fúnebre que lo esperaba en el exterior para llevarlo a su destino final en este mundo terrenal. Volviendo a la muerte de Robert, lo que le he venido diciendo a mi hijo, es que esa muerte no debe de ser en vano. Si ese extraordinario muchacho, quien fue dueño de una sonrisa de un millón de dólares, de un gran carisma, de un imán de afectos, no solo de sus amigos, sino de toda la familia de sus amigos, a quienes convertía en sus hermanos, si ese muchacho perdió la vida tan abrupta y trágicamente, un mensaje positivo debe de heredarles, para que se prevenga la pérdida de otros hermosos seres humanos que a sus 19 años apenas empiezan a vivir. Robert está muerto y sus amigos deben de tomar una lección de amor: que les signifique un aprendizaje; que se cuiden entre sí y a ellos mismos cuando estén solos. Es difícil escribir una historia como ésta, con un enorme nudo en la garganta, pero hay mensajes que deben trascender, y más cuando hay señales; hace unos minutos nos sorprendió casualmente encontrar su certificado de preparatoria en nuestra casa. Todo es cuestión de evitar que la de Robert sea una muerte en vano. Alberto Sandoval es Coordinador de Alianza Civil, A.C. Correo: AlbertoSandoval@AlianzaCivil.Org Internet: www.AlianzaCivil.Org Facebook: AlianzaCivil Twitter: @AlSandoval

Comentarios

comentarios

Notas relacionadas

Tipo de Cambio