Arturo


 
Dobleplana Lunes, 12 Octubre, 2015 07:00 PM

Se la llevó trabajando más de 45 años. Por su esfuerzo y astucia logró crear buenos negocios y mejor fortuna. Trataba bien a sus empleados, amigos, conocidos y desconocidos. Por eso amistades le sobraban. Además, no se metía para mal con nadie y sí para bien con muchos. Cuando llegó a los 76 años de edad le sucedió lo nunca esperado: Fue secuestrado. Naturalmente, tan conocido como era, los malosos pidieron un rescate muy alto. Al ser avisados los familiares buscaron desesperadamente cómo pagar y no les quedó otra: A vender cuanto antes los bienes del secuestrado. Pero terminaron dándose cuenta: Les hacía falta dinero. Inmediatamente pidieron prestado al banco. Como la víctima era conocida y solvente, les dieron el crédito sin ponerles trabas. Así, en cuanto tuvieron los billetes en la mano se comunicaron con los secuestradores. Pagaron. Y gracias a Dios el hombre fue liberado. Al regresar a su casa sufrió una gran decepción. El titipuchal que se decían sus amigos aprovechó la desesperación familiar. Compraron a precio bajísimo los bienes del plagiado. Como si fuera remate o barata. Ya me imagino su decepción y tristeza. Aparte de tal desgracia, el señor sigue sufriendo mucho cuando está dormido y en sus cinco. Primero, sueña constantemente con los secuestradores. Dormido les tira puñetazos. A veces pega en la cabecera de la cama, el buró o la pared y amanece con los puños sangrantes. Despierto, vive atormentado pensando cómo pagar el crédito al banco. Por eso hizo de tripas corazón: “Debo volver a empezar. Y a empezar de cero”. El protagonista de esta tragedia fue identificado solamente como Arturo, en un reportaje sobre los secuestros en Colombia, publicado por El País de España. Los secuestradores en Colombia tienen el deshonroso primer lugar en el mundo.  Narcos, terroristas y la guerrilla son más refinados y organizados comparados con los mexicanos. Estos señores “compran” víctimas a delincuentes pequeños o se las intercambian. Primero pagaban por ellos según la presencia, suponiendo riqueza si vestían ropa de calidad o conducían un buen automóvil. Muchas veces les resultó como reza el dicho mexicano: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Por eso ahora los guerrilleros particularmente confirman si la víctima tiene forma de pagar. En caso contrario, no “compran la mercancía”. Cuando eso sucede, los plagiados son liberados “ya, con lo que traigas y vete”. También sucede lo sorprendente. Si narcos o terroristas secuestran a una persona fuera de “su territorio”, inmediatamente reciben el reclamo de los guerrilleros. Les deben entregar al plagiado sin discusión. De otra forma, serán ajusticiados. También cambiaron los sistemas violentos que todavía se utilizan en México. A veces se visten de policías. Montan un retén ya entrada la noche simulando revisiones. Cuando ven a una persona sobre un auto último modelo, lo paran y piden papeles. Mientras el conductor busca, lo capturan, suben a otro vehículo y desaparecen con todo y las anchetas del supuesto punto de control. Esto me recuerda la forma cuando hace años actuaron así hombres vestidos de negro, como la Policía Judicial Federal. Montaron un retén sobre la carretera escénica Tijuana-Ensenada. Marcaron el alto a un camión transportador de valores. Lo desviaron por una brecha improvisada. Al llegar a despoblado fueron atacados conductor, ayudante y vigilante. Se llevaron todos los valores y nunca más aparecieron. Los narcos mexicanos no se dedican al secuestro. Pero ahora como los colombianos, les ha dado por hacerlo. Allí está el reciente intento en Matamoros, Tamaulipas. Quisieron llevarse a un casacambista. Todo mundo se dio cuenta: Fueron miembros del Cártel de Juárez. Hasta tuvo repercusiones. Asesinaron a un comandante de la Policía Ministerial. Me llamó mucho la atención todo esto. Los mafiosos se salieron de su habitual ocupación. Perdón si acaso causo inquietud, pero mi hipótesis es que los narcos buscan dinero extra. La mecánica de los secuestros en México no ha pasado del hecho violento. De la clásica llamada por teléfono amenazando a los familiares y tratándolos en forma tan grosera e inhumana. Si no hay rescate o a veces existiendo, matan a la víctima “porque los vio” o “se les pasó la mano torturándolo”. Hay una gran diferencia con Colombia. La mayor parte de los plagios son por dinero y no con el fin de quitar la vida a las víctimas. Muchas personas permanecen en cautiverio meses. Una vez, estando en Colombia, leí la lista de secuestrados en el periódico El Espectador. Había personas casi el año en cautiverio. Los captores esperan pacientemente a que la familia reúna el rescate. Les interesa más y no el desquite mortal. Los colombianos utilizan más el desgaste psicológico como arma. Se sabe de cierto caso singular. Un padre de familia dio instrucciones a su parentela: Si lo secuestraban, “no vayan a pagar nada”, les dijo: “Total, ya estoy muy viejo”. Pero cuando fue plagiado le obligaron a negociar. Ofreció pagar 100 millones de pesos colombianos. Esto, sin saber el trato de los guerrilleros con sus hijos que habían aceptado darles el doble. Cuando el plagiado habló con la familia para que le mandaran la cantidad negociada por él, detuvieron a un pariente que la llevó. No lo soltaron hasta recibir los otros 100 millones. Pero no mataron a ninguno. A otro señor le preguntaron si era cierto que tenía mil vacas lecheras. Les informó al detalle de su situación. Deudas y toda la cosa. Entonces lo liberaron por una cantidad menor. Se dan casos de familiares que con tal de salvar a su pariente, van y les muestran a los narcos, guerrilleros o terroristas los estados de cuenta y acciones. Y es increíble: Los malosos investigan en los bancos si todo es cierto. Pablo Escobar Gaviria era uno de los más poderosos y por ello famosos narcotraficantes de Colombia. También ordenaba secuestros. Desde septiembre de 1990 retuvo ocho meses a Francisco Santos, Jefe de Redacción del periódico El Tiempo. Con él capturó “en bola” a diez periodistas para presionar al Gobierno. Mató a dos sin compasión. A Santos lo tuvieron encadenado sobre el techo de una casa. Ahora en este año le previnieron: “Te van a secuestrar otra vez”. Abandonó el país pero no se acomodó. Regresó y lo capturaron. Decidió salir de Colombia y desde marzo radica en España. Todavía no se adapta a la libertad. Vivió en la angustia diaria de otro plagio recordando al primero, cuando cada día de los ocho meses temía ser asesinado. “Hoy –dijo– el secuestro es una memoria vaga que a veces cada vez con menos frecuencia sale a flote. Es como una herida que no acaba de cicatrizar”. En los telediarios defeños veo muy seguido la captura de secuestradores u oigo noticias sobre la muerte de secuestrados, en varios Estados de la República. Ya no se trata de bandas organizadas. En su mayoría son ex-policías o jóvenes ansiosos de dinero empujados al delito. Inexpertos, drogadictos. En Baja California muchas personas fueron secuestradas. Las familias ni siquiera notificaron a la policía. Todo mundo sabe de la complicidad oficial. Por eso han llegado a pagar sin remedio. Solamente después se sabe de tal sufrimiento. El lunes 9 de julio el periódico Reforma publicó: “Prepara Fox iniciativa contra espías y plagios”. Ya pasó más de un mes y no se sabe nada de algo concreto. El Presidente de la República advirtió a manera de disculpa: “Seguramente va estar muy ocupado el Congreso Federal a partir del primero de septiembre próximo. Además sé que ellos traen sus propias iniciativas”. Entretanto y diariamente de cinco a diez personas son secuestradas en el país. Escrito tomado de la colección “Dobleplana” de propiedad de Jesús Blancornelas, publicado el 18 de marzo de 2011.

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