Día de Muertos


 
Dobleplana Lunes, 13 Abril, 2015 07:00 PM

Me dio mala espina. Si no había arreglo estallarían la huelga en noviembre 2. El meritito Día de los Muertos. Y como si fuera maleficio sucedió. Un día antes me citaron a Conciliación y Arbitraje de Mexicali. Debió ser en Tijuana. Pero tramposos y perversos cambiaron a su antojo y deshoras para embrollarme con el obligado viaje. Se supone que íbamos a pactar. Pero no. Se apareció Roberto Luévano Aguayo (qepd), entonces líder estatal de la Confederación de Trabajadores de México (CTM). Antes ni siquiera participó en las pláticas. Pero llevaba consigna en ese momento. Pidió de entrada 100 mil pesos para fondo sindical que ni siquiera existía. 300 por ciento de aumento a sueldos y quién sabe qué tantas cosas más. Naturalmente cuando dije “no podemos, no tenemos capacidad económica”, se levantó de la silla. Teatralmente alzó los brazos. Y ni modo. Como dicen en el argot del caso “se rompieron las pláticas”. Pero no fue nada torpe. Cuando menos lo esperaba me “jaló” y a solas confesó. “No es cosa mía, Blanquito”. Explicó apuradamente que recibía órdenes. Pidió perdón y comprensión. Quería seguir siendo mi cuate. Lo rechacé. La huelga debía estallar a las nueve de la mañana. Noviembre 2 del 79. Permanecimos en vela en las oficinas del periódico. Trabajando en lo que podíamos. O haciendo como que trabajábamos. El chiste era no abandonar el edificio. A las dos de la mañana llegaron dos autobuses. Bajaron grupos de choque cetemistas. Igualitos cuando hace días se metieron al Congreso para defender a Eligio Valencia. Se fueron desaforados sobre la puerta del periódico ABC. Un compañero que estaba frente al edificio de la CTM en la calle Niños Héroes nos avisó: “Van para allá”. Nos espantó al informarnos telefónicamente cuántos iban en camino. Algunos alcanzamos a salir antes de llegar la “guaruriza”. Otros compañeros sufrieron patadas y golpes. Fue un barullo. Todo estaba tan preparado. Hasta la Cruz Roja llegó con los brutos de la CTM. Enseguidita policías municipales y judiciales. No para cuidarnos. Iban a proteger a tanto asaltante. Todavía guardo fotos de algunos. Héctor Félix Miranda “El Gato” y yo cruzamos la calle Jalisco. Atravesamos la gasolinera Washmobile. El periódico estaba en la esquina de esa calle con el bulevar Aguacaliente. Donde ahora funciona un centro comercial. Caminamos ateridos hasta “El Toreo”. Torcimos a la izquierda. Llegamos a la Policía Judicial. Eran pasadas las dos de la mañana. “Aquí estamos” dijimos al Licenciado Ricardo Gibert. Entonces era el jefe de la corporación tijuanense. Le explicamos: No nos moveríamos de allí. Si algo más grave pasaba en el asalto al periódico no sería culpa nuestra. Temíamos actos violentos. Sangre. Que nos culparan. Motivo para acusarnos y encarcelarnos. Pero estando en la Judicial no podían endilgarnos nada. Gibert se portó harto amable. Sabía lo sucedido. Allí nos enteramos por los reportes continuos cómo las hordas cetemistas persiguieron a un fotógrafo de The San Diego Union. Las salvajadas cometidas en el interior del periódico. Regaron licor en las oficinas. Metieron botellas de vino y cerveza bajo los escritorios. Era una trampa. Tal vez por oír todo eso y más Gibert sacó una botella de coñac “…échense una para el susto”. ABC fue un vespertino que se publicaba hasta en días festivos. Desde enero 10 del 77. Logró gran aceptación popular. Lo publicamos entre cuatro. Luego uno se salió. Miedoso, miedoso pero se llevó su buena dolariza. Le regaló acciones a Héctor Félix. Precisamente el pivote del diario era la columna de “El Gato”. Pero su mordacidad incomodó al Gobierno. Y para acabarla no soportó la crítica ni los reportajes de investigación. Descubrimos transas con impuestos, prostitución y nepotismo. Por eso tan infame atropello. El martes 2 de este noviembre se cumplirán 30 años de tal episodio. Fuimos muchos los actores. Como siempre, hubo división y nos enfrentamos verbal y judicialmente. Hubo quienes estuvieron a favor del Gobierno. Otros lo rechazamos. Fueron días estremecedores. Hablar de quienes estuvimos, qué hicimos y dónde están los sobrevivientes no tiene caso. Cada quien tomó entonces la decisión a su juicio conveniente. Ya estábamos grandecitos. Quienes guarden rencor es su problema. O los que esperan venganza, también. Personalmente siempre culpé a Roberto de la Madrid y a su hermano Francisco de habernos zarandeado. Fuimos acusados y perseguidos. Ninguneados. Luego hubo justicia. Recientemente me reuní con Roberto. Nos dijimos cuánto teníamos por decirnos. Aclaramos todo y así como las circunstancias provocaron hace 25 años la separación, ahora también acabaron el odio y el rencor. Pero me quedó muy en claro. Roberto no estuvo ajeno, pero el verdadero causante de tanto desbarajuste fue su hermano Francisco. Estaba ardido con Héctor. Le descubrió en situación comprometedora y lo publicó. Le avergonzó. Por eso nunca como su hermano hizo frente al presente para aclarar el pasado. Se lo dije a Roberto: Nunca pensamos aquel Día de los Muertos en el nacimiento de ZETA. Le recordé que antes del golpe ilegal y brutal entonces creció ABC como ningún otro periódico en la historia del periodismo bajacaliforniano. Estábamos por construir un edificio de seis pisos en la zona del Río Tijuana. Teníamos dos rotativas. 18 reporteros. No puedo decir hoy que en estos momentos estaríamos muy bien con ABC. Nunca sabe uno cuánto y cómo pasará. Por eso en noviembre perdimos ABC y en abril siguiente creamos ZETA. “Del ABC a ZETA” fue el titular de primera plana en el primer pequeño ejemplar. Todavía trataron de confiscarlo cuando lo transportaban en la cajuela de un auto desde San Diego a Tijuana. Fue de película. Los policías judiciales esperaban a Héctor Félix en su auto. Creían que allí traería los ejemplares. Lo detuvieron al cruzar la línea. Bromista siempre pidió a los agentes esperarlo. Nada más le daba un “empujón” al carro que iba adelante. Se “ahogó” el carburador y necesitaba ayuda. Así lo hizo. El desperfecto desapareció y el dañado vehículo siguió su camino. Era precisamente donde iban los ejemplares. Cuando los policías abrieron la cajuela del carro de Héctor se sorprendieron. Nada. En principio ABC no hubiera nacido. Pero fuimos censurados varios periodistas en otros diarios. Algunos se retiraron. Otros nos siguieron. Y ése fue el motivo para publicar un vespertino. El ataque del Gobierno hasta echarnos fuera de nuestro periódico, fue en pocos meses el motivo para crear ZETA. Nunca lo imaginé aquella tormentosa madrugada del Día de Muertos. Despojados de ABC no teníamos para publicar otro periódico. Por eso nos prestó un mimeógrafo don David Sotelo, tío de Héctor Félix. Lo instalamos en mi departamento, entonces calle Iturbide, Fraccionamiento Calette. Imprimíamos una hoja tamaño oficio. La titulamos ABC2. Por un lado la columna de Héctor. En el otro la mía. Nos iba bien. Sabedores del problema, muchos tijuanenses nos pagaban de más por “la hojita” como llegó a conocerse más que por el título. Pudimos ayudar en algo a los compañeros desamparados. Algunos hasta de voceadores la hacían. Clandestinamente la circulábamos al atardecer. Pero luego desgraciadamente la Policía empezó a jeringar sobre todo a los chamacos voceadores. Por eso decidimos suspenderla. Y fue cuando nos lanzamos a publicar ZETA. Empezamos parte del personal que salimos de ABC. Luego ingresaron decenas de estudiantes. Aquí aprendieron. Unos se fueron inconformes. A otros los despedimos. Más a mejores opciones o matrimoniados. Y tres fueron muertos por venganza de malvados. Hay simpatizantes y enemigos de ZETA o míos. Qué le vamos a hacer. No se puede dar gusto a todos. Escrito tomado de la colección “Conversaciones Privadas” y publicado el 29 de ocrubre de 2004; propiedad de Jesús Blancornelas.  

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