Boyhood


 
Lunes, 19 Enero, 2015 04:00 PM

Richard Linklater es un director obsesionado con el paso del tiempo. Eso se evidencia en “Before Sunrise”, “Before Sunset” y “Before Midnight”, propuestas con las que arma bien la trilogía “Before”. Sin embargo, su fijación con el tema queda mucho más evidente en “Boyhood”, una cinta de la que ya bastante se ha hablado por su manejo original del protagonista y quienes lo rodean a lo largo de 12 años, durante los cuales se realizó este rodaje. Cada año, el realizador filmaba durante unos días la vida de una familia. A través de más de una década vimos cómo estos individuos experimentaron muchos de los sinsabores cotidianos y comunes que a todos se nos presentan en distintos momentos. En resumidas cuentas, Linklater hizo una película de la vida de Mason (Ellar Coltrane), a quien conocemos cuando apenas tiene seis años de edad, y de quien nos despedimos cuando ya es un joven listo para asumir su independencia. Mason reside en Texas con su hermana Sam (interpretada por Lorelei, hija de Linklater), su mamá Olivia (Patricia Arquette) y por ahí anda el padre, Mason Sr. (Ethan Hawke), que va y viene, cariñoso pero inestable. Con el paso de los años, vemos cómo Olivia se muda a Houston, se casa con un maestro de psicología (Marco Perella) que termina siendo un alcohólico sumamente neurótico, mientras que el papá también encuentra otra mujer con la que tiene un hijo. Sam hace lo que toda chica debe hacer, convertirse en una adolescente que protesta y no se halla en su nueva etapa. De Bush a Obama, del Gameboy de Nintendo al X-BOX de Microsoft, transcurren las épocas mientras el niño se convierte en un muchacho que todos aprendimos a conocer paso a paso. Coltrane hace su parte, y Arquette y Hawke están en su mejor elemento como la mamá desesperada y el marido que no entiende, pero el problema, quizás, es que tampoco vemos que nada extraordinario sucede aquí, porque pocas cosas suceden en la vida de un ser humano, sin embargo, lo que ocurre es lo que nos transforma. Vaya paciencia de Linklater para hacer esta cinta, y paciencia es justo lo que se nos exige como espectadores. Después de dos horas con 26 minutos, claro que se entiende perfectamente el propósito, su valor se reconoce, incluso por ahí uno piensa en el cine de Andréi Tarkovski, guardando todas las proporciones. Y ese es el problema, el largometraje le da a uno tiempo para pensar en otras cosas mientras corren los minutos en pantalla, la mente divaga, pues, porque también por ahí, a pesar de buenas actuaciones y sólidos diálogos, a ratos no hay fuerza suficiente para mantener la atención concentrada en “Boyhood”. Así es como se llega a la conclusión: la obra de Linklater es eso, un trabajo muy meritorio, aunque resulta difícil comprometerse con él. ***   Punto final.- Queda claro que este año los filmes que se llevan todos los premios fueron para expresar las obsesiones de sus directores. De “Birdman” a “Boyhood”, con aguante y muchas palomitas.

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