Ébola Chichimeca (Última parte)


 
Cartaz Lunes, 22 Septiembre, 2014 03:00 PM

También Carlos Slim y su padrino, el otro Carlos. Son del ébola del polo, como las siete familias propietarias de este país-aje, chilangos dorados descritos en “Casi el paraíso” de Luis Spota, entes que te hablan lo que quieres escuchar –como el Padre Maciel– para finalmente dejártela Irineo Todana. Lagartos expertos en lamer el culo, entregar la esposa, la hija, su novia, su novio, las propias callosas, a cambio del contrato que revenderá al mejor postor. Es un sujeto avezado en hacerla, por crianza, de intermediario, mensajero y lameculos del funcionario de alto nivel –que sigue línea del Ejecutivo quien requiere un portero para extorsionar al gestor “sin que se sepa”– Y si es provinciano, mas mejor, pa’ sacarle harto billete a cambio de una firma, un sello, una carta, una licencia para un autorización de una distribución de gas ubicado en alguno de esos lugares más allá de los Indios Verdes. Sepa dónde. “Parece que en el norte, en Ojinaga, junto a Tijuana”. También cualquier poder público, cualquiera, incluyendo cualquier paraestatal. Cualquier secretaría, dirección, universidad pública, consejo nacional de artes, de ciencia, tecnología, deportes, etcétera. Cualquier etcétera. El chilango de arriba es premio Nobel en sobar el lomo. Todos son iguales, todos. Imitan a Cantinflas. Alburean, dicen sí señor en forma automática, dan las gracias, los buenos días y si ven posibilidad de bille grande, de inmediato encuentran parentesco contigo. De inmediato te invitan a comer. De ahí en adelante, todas las comidas las pagarás tú. (Nota costumbrista de la R.) El chilango de abajo es premio Nobel en enquistarse de burócrata, como huevecillo de Taenia Solitaria. Con el tiempo, incorpora a toda su familia. (Ver pinturas de Rivera, Siqueiros, Orozco retratando al cagatintas, de bigotito de futbolista (11 pelos), con paraguas, de traje estilo Toluco López sentado en un pasillo esperando que lo reciban para recibir un huesito. La Glan Chilangostlan está llena de Gutierritos, choferes y picapapeles. Nota artística de la R.) Plutarco Elías Calles, bárbaro del norte, hombre práctico, enjundioso y decidido –y dueño de alguna que otra lindeza, todas ellas acorde con sus sanguinolentas circunstancias– fue quien a manazos, decretazos, balazos y limonazos (visitó al Niño Fidencio, el santón norteño que hacía limpias y conjuros a limonazos) recuperó el destrozado establecimiento dejado por Porfirio Díaz, el mismo que se botanearon los revolucionarios, lo organizó y lo echó a andar. Lo hizo país. Puso a funcionar programas de infraestructura, financieros, educativos, sociales y de salud. Tomó la estafeta dejada por Porfirio Díaz, la del autoritarismo, pero atendiendo instrucciones de la Casa Blanca a través de su embajador Morrow, fundó algunas instituciones nacionales. (Soy consciente del nido que destruyo al expresar esto, pero los hechos –después de Fox y Calderón– han confirmado que el único proyecto de país mexicano a la fecha ha sido el estructurado por El Turco Calles, proyecto que concluyo la noche de Tlatelolco. Lo que siguió es, y sigue siendo, barco a la deriva. (Nota explicitaría de la R. con el permiso de usté) Al “turco”, como lo llamaba Álvaro Obregón, nunca le gustó la Glan Chilangostlan. Como buen bárbaro, y a semejanza de los teutones que terminaron con los restos del imperio romano, bárbaros que se rehusaban a dormir en la Roma destruida, buscaba estar fuera de la Glan Chilangostlan. A diferencia del Quince Uñas Obregón, quien se creía prusiano, vestía de bombín, traje de tres piezas, leontina, botines con polainas y entre orden y orden de asesinato que confirmaran su absolutismo, tomaba chocolate, Plutarco pasaba el tiempo en los baños de Tehuacán. Era un Atila con proyecto, cosa que hoy, después de haber padecido presidentes con agua bendita, la diferencia es substancial. A estas alturas todo el territorio nacional está infectado del ébola chichimeca. Todo. Incluye, en primera plana a todos los partidos políticos, lo que confirma que el único partido genuino mexicano es el LAC, esto es, La Cargada. Nos encanta tener un jeque como jefe, besarle la patita, y ser mandaderos. Practicamos el aforismo de tiempos de Porfirio Díaz: “El de atrás que arree”. Cosa de echarle un vistazo a la historia, que además de entretenerme –igual que el Antiguo Testamento– lo tomo como data bank para saber a qué atenerme en el futuro de este país-aje. La historia no oficial de México es rica en la condición chichimeca. Si se lee historia universal, tendremos el panorama de la condición humana. (Nota fatalistorealista de la R.) El ébola chichimeca es multiforme, flexible y paciente. Se adapta. Se filtra. Se trasmina. Se desliza sutilmente. Se mete por cualquier orificio, ranura, comisura, doblez, diente o pelos. Más bien se mete por el bolsillo. En cualquier nota difundida por los medios nacionales, cualquiera, subyace el ébola chichimeca, el interés por el dinero. Si hace ruido, hay lana de por medio. Cuando hay silencio, es que todos están arreglados. Cuando cruje, es que alguien se está pasando de vivo. La única verdad eterna e inmutable es el bille. Lo demás es paja. ¿Vacuna? ¿Solución a tanta miseria humana? ¿Discurso? ¿Color? ¿Programa? ¿ONG? ¿Crítica? ¿Manifestación? ¿Protesta? Tómese un tequila. O cinco, como José Alfredo aconseja. El resto es silencio, como lo dice Hamlet.   Diego Moreno Correo: deliocarrasco@gmail.com

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