Dobleplana

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Dobleplana Sábado, 21 diciembre, 2013 01:34 AM

Nada más la conocía por afuerita. Y desde entonces me gustó mucho. Pero nunca había entrado a la Secretaría de Gobernación. Hasta 1979. Recuerdo bien. 12 de diciembre. Eran las nueve de la mañana. Ya estaba haciendo antesala. A esa hora me citó don Javier García Paniagua. Entonces subsecretario. Tenía su despacho en el segundo piso. A la derecha después de cruzar el pasillo del estacionamiento entrando por atrás. Antiguo elevadorcito desembocaba hasta la entrada. El clásico burócrata en recepción-escritorio. Cincuentón. Pelo pintado. Envaselinado como en tiempos de “Tintán”. Moreno. Nariz de boxeador. Bigote a la Emilio Tuero. Lente Ray-Ban. Casquillos de oro en la dentadura. Luego del “buenos días” muy a fuerza era como automático: le ponían a uno pequeño bloc. También lápiz. El hombre aquel no soltaba su Parker. A un ladito su refresco. Ni falta hacía preguntar y saber por qué el papel. Tenía inscrito: “Nombre. Dirección. Ciudad”. Y dos líneas para “Asunto”. Hasta eso los sofás eran cómodos. De cuero rojos. Pero incómodos si la sentada pasaba de media hora. Más cuando el recepcionista pronunciaba otro nombre y no el de uno para ser recibido. Entonces ni modo de salirse al pasillo. Daban ganas por lo menos para una desentumidita. Se antojaba la taza de café pero ni siquiera ofrecían. Menos salir a tomarlo por allí cerquita. A lo mejor decían mi nombre y no estaba. Entonces sí. Más nervioso que acalambrado me paré al ser llamado. Fui recibido amablemente por Don Javier. No le conocía pero recibí trato como de amigos. Chaparrito y rebasando lo robusto para acercarse a lo gordito. Sonriente. Pelochino. Moreno. Hablaba como los clásicos políticos. Quedito y casi en secreto cuando se trataba de algo delicado. Pero eso sí, muy amable. Ya sabía por qué iba. Y estaba bien enterado. El Gobierno del Estado organizó un asalto a nuestro periódico. La salvajada cetemista se nos fue encima para echarnos fuera. Don Javier conocía de los amparos, denuncias y juicios. Me sugirió escribir una carta muy cortita dirigida al Presidente López Portillo. Explicarle en pocas palabras. Pero advirtiéndome: se la entregaría solamente cuando viera que estaba de buen humor. De lo contrario ni se arriesgaría. De todas formas prometió ayudarme. Con don Javier estaba un hombre trajeado. Apuesto. Muy elegante. Hermosa corbata y botines bien boleados. Fornido. Pelo medio quebradizo tirando a rubio canoso. Ojos verdes. Piel blanca. Atento a toda la plática. Al verlo solamente un “buenos días” de por medio. No lo conocía en persona pero sí por fotos: Miguel Nazar Haro. Cuando me despedí de don Javier se ofreció “…lo acompaño”. Al cruzar la antesala ya de salida se le acercaron. Más zalamería que saludo. Casi apreté el botón para llamar al elevador. “Permítame un momentito por favor”. Y no se me olvida cuando dijo “…seguramente que Usted ya me conoce” soltándome la pregunta: “¿Se acuerda lo que publicó el periódico San Diego Union de mí?”. Naturalmente. No podía olvidarlo. Estaba fresquecito. Fue primera y hasta hoy única vez en ese diario. Editó un tabloide de 12 ó 16 páginas. Todo en español. La historia completita sobre el robo de autos en California. Puro último modelo. Los traían cada jefe de la Procuraduría General de la República en Tijuana. También sus familiares. El reporte apuntó cómo algunos fueron llevados al Distrito Federal. Aparecían las fotos. En estacionamientos de importantes funcionarios. Por eso no podía olvidar la referencia a Nazar Haro. Le culpaban de ser el mandón en todo este desbarajuste. Por eso lo detuvieron en San Diego y llevado a la Corte. Allí pagó fianza de 200 mil dólares. Quedó libre para nunca más volver. Fue declarado prófugo. Sin enojo. Calmado. Viéndome a los ojos Nazar Haro dijo con harta seguridad. “Supe que Usted les pasó toda la información”. No dio tiempo a la respuesta. Explicó cómo “su gente” le había investigado y comunicado. Por eso respondí: siempre firmo todo lo que yo escribo. Y no expliqué. El reportero Alex Drehsler del San Diego Union y yo trabajamos juntos el caso. Pero cada quien redactó y publicó por su lado. Lo que yo publiqué no se lo negué. Eso sí estaba firmado. Sin quitar su mano izquierda de mi hombro mantuvo silencio un momento. “Creí que se iba a echar para atrás”. Y respondí “no” porque tanto el hecho como mi nota son reales. No inventé nada. Entonces le dije dos cosas: Primero, de tarugo vengo a ver a don Javier para pedirle ayuda. Ni tampoco el señor Paniagua me hubiera recibido. Y segundo sugerí: “Si quiere hacerme una declaración para publicar con mucho gusto”. Llevaba papeles en un fólder. Saqué mi pluma dispuesto para apuntar. Rápido me tomó de la mano. “No, no. Así está bien”. Le sentí conforme. Por vez primera sonrió. Luego picó el botón para llamar al elevador. Y hasta me dijo “…lo acompaño al estacionamiento”. Cuando estaba con don Javier y para salir le comenté estar aburrido y enojado. Agentes de la policía me seguían a todos lados para saber qué andaba haciendo. El Sub-Secretario me preguntó de dónde eran. “De la Judicial del Estado”. Y entonces comentó a manera de consolación no apurarme por ésos. Pero sí aclaró: “Preocúpese cuando sean de los míos”. Camino al estacionamiento lo recordó Nazar Haro. Sentí su advertencia. Nos despedimos de mano y quedamos de vernos “…el día menos pensado”. Nunca creí que lo detuvieran. Me sorprendió saberlo. Supuse de sus contactos a inteligencia para esconderse o escapar. Quedé sorprendido al verlo pelo pintado. Un bigote que jamás lució. Desgarbado. Inseguro al caminar. Medroso. Y en una foto de El Norte miró a la cámara. Ojos sin brillo. Atribulado. Vencido. Cenizas de aquel 1979 en el despacho de don Javier García Paniagua. Varias veces fui después a la Secretaría de Gobernación. Tiempos de Miguel de la Madrid, Salinas y Zedillo. Entré hasta el despacho principal. Cuando pasé por donde estaba la oficina de don Javier solamente vi las puertas cerradas.   Tomado de la colección “Conversaciones Privadas” de Jesús Blancornelas, publicado el  24 de febrero de 2004.

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